La misa es el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Memorial es hacer vivo y real entre nosotros, ahora, un acontecimiento salvífico que tuvo lugar en tiempos pasados. El sacerdote en la misa actualiza, renueva y realiza eficazmente la obra de la Redención: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Por eso, decimos que la misa es el memorial de la Redención. Pero ¿cuál es la esencia de la Redención?
El ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo al Padre desde el primer momento de su existencia y que tuvo su punto clave y culminante en la cruz. Por eso, en sentido estricto, podemos decir que la misa es el ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo en la cruz, derramando su sangre por nosotros. Pero de modo más amplio, podemos decir que la misa es el ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo en cada momento de su vida y que sigue haciendo hasta el fin del mundo.
Un momento trascendental de este ofrecimiento tuvo lugar en la Última cena, que fue un ofrecimiento total con la transustanciación del pan y del vino, que representaban a su cuerpo y a su sangre. Por eso, nuestras misas, celebradas por un sacerdote, son incruentas como la Última cena, pero en las que también hay un ofrecimiento total de Cristo con la transustanciación del pan y del vino.
La misa de la Última cena se celebró en el contexto de una cena familiar. Por eso, nuestras misas deben ser también familiares como una cena familiar entre hermanos para disfrutar de la alegría de la presencia viva de Jesús vivo y resucitado. Pero para que nuestra misa sea realmente bien vivida y no seamos meros espectadores, debemos ofrecernos con Jesús al Padre por la salvación del mundo.
Vivir la misa es vivir íntimamente la unión con Jesús, amarlo hasta hacernos UNO con Él, especialmente en el momento de la comunión.
Vivir la misa es hacer de nuestra vida entera una misa de amor por el continuo ofrecimiento de todo lo que somos y tenemos a Jesús, empezando por nuestra propia voluntad.
Jesús y la misa son dos realidades íntimamente unidas. La misa es Jesús, ofreciéndose al Padre. Jesús, en cuanto tal, como hombre y como Dios, tiene que ofrecerse constantemente al Padre para cumplir su misión. De ahí que Jesús y la misa no pueden separarse. Podemos decir que no hay más que una sola misa, la misa de Jesús. La misa celebrada por los sacerdotes no es más que la actualización, aquí y ahora, de la misa permanente de Jesús.
Algunos autores, en vez de decir que el sacerdote hace presente o actualiza el sacrificio de Cristo, prefieren decir que el sacerdote se hace presente aquí y ahora al único sacrificio de Cristo que se prolonga a lo largo de los siglos.
Para poner un ejemplo, nosotros solemos decir que el sol sale todos los días, pero el sol no sale, está aquí, es la tierra la que va a su encuentro, la que se hace presente a él y así participa cada día de sus beneficios. De la misma manera, podemos decir que el sacerdote en cada misa nos lleva, nos hace presentes a ese único sacrificio de Cristo, que ya está ahí permanentemente, al igual que el sol, pero que no podemos disfrutarlo hasta que se celebra la misa aquí y ahora por medio del sacerdote.
Muchos autores dicen que la misa es el memorial del infinito amor de Dios. Una hermosa definición que quiere decir que el amor infinito de Dios se hace presente entre nosotros en el momento de la celebración de la misa por el sacerdote, de modo que Dios derrama su infinito amor sobre nosotros por medio del Espíritu Santo. El Espíritu Santo realiza en la misa la transformación del sacerdote en Cristo. Durante la misa, el sacerdote podría decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20). Entre los dos hay una especie de transustanciación, pues Cristo se apodera de todo su ser para poder celebrar con él y en él.
El Papa Juan Pablo II decía que el sacerdote celebra la misa "in persona Christi" (en la persona de Cristo), que quiere decir más que en nombre de o en vez de Cristo. En persona quiere decir, en la identificación específica sacramental con el sumo y eterno sacerdote que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie.
El sacerdote en la misa es ministro de Cristo y le presta a Jesús su cuerpo, sus manos, su voz, para celebrarla. De aquí se comprende cuán santo debe ser el sacerdote al celebrar la misa y cuán puro debe ser de alma y cuerpo para unirse a la víctima divina y ser UNO con Él. ¿Podemos imaginar cómo se sentirá Jesús al unirse a un sacerdote que está muerto por dentro por el pecado y es un cadáver ambulante? ¿O a un sacerdote indiferente que no es consciente de lo que hace, celebrando sin fe y sin amor?
También los fieles deben vivir su misa, uniéndose a Jesús y ofreciéndose con Él por la salvación del mundo. Deben asistir participando con Jesús y uniéndose a Jesús para ser UNO con Él en la comunión. Y deben vivir esta unión, siendo lo más puros posible en cuerpo y alma.
Jesús en cada misa se acerca a nosotros humilde y sencillo bajo la apariencia de un pequeño pedazo de pan. En la primera Navidad se presentó bajo la apariencia de un niño pequeñito, que lloraba y tenía frío. Y quiere que lo recibamos con mucho amor, como María y José, y como los pastores y los magos hace dos mil años.
Jesús viene a nosotros en cada misa, y con Él viene el Padre y el Espíritu Santo. También le acompaña María y José como aquella noche de Navidad. Incluso, se hacen presentes para adorar a Jesús todos los santos y ángeles del universo. Y también toda la humanidad y toda la creación.
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