Anotaciones Previas

En la misa o cena del Señor el pueblo de Dios es congregado bajo la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico... Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas (OGMR 27).

En cada misa vamos a alabar y dar gracias a Dios uno y trino por todos los beneficios recibidos. Como nos dice el Catecismo de la Iglesia católica: La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre... por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación.

Eucaristía significa ante todo, acción de gracias (Cat 1360). La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación... a través de Cristo (Cat 1361).

Dispongámonos, pues, a celebrar la misa con Jesús en actitud de agradecimiento, dispuestos a alabar a Dios y preparados para renovar nuestra entrega total con Cristo, por Él y en Él.

Algo muy importante en la misa es el canto. San Agustín decía: Cantar es propio del que ama (Sermón 336). Y viene de tiempos muy antiguos el famoso proverbio: Quien bien canta, ora dos veces.

Téngase en gran estima el uso del canto en la celebración de la misa, siempre teniendo en cuenta el carácter de cada pueblo y las posibilidades de cada asamblea litúrgica... Hay que procurar que de ningún modo falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones de los domingos y fiestas de precepto (OGMR 40).

En igualdad de circunstancias hay que darle el primer lugar al canto gregoriano. No se excluyen de ningún modo otros géneros de música sacra. Y ya que cada día es más frecuente el encuentro de fieles de diversas nacionalidades, conviene que esos mismos fieles sepan cantar todos a una en latín algunas partes del Ordinario de la misa, sobre todo, el Credo y el padrenuestro en sus melodías más fáciles (OGMR 41).

El Papa Benedicto XVI aconsejaba en la exhortación apostólica Sacramento de amor: Pido a los futuros sacerdotes que, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia (Nº 62).

También es importante tener en cuenta a lo largo de toda la celebración los gestos y posturas corporales, especialmente del sacerdote, que deben manifestar su recogimiento y su amor a Dios. Especialmente, cuando tiene las manos levantadas en oración, al arrodillarse, al traer o llevar la Eucaristía y, en general, en todos sus movimientos. De la misma manera, los fieles deben actuar con devoción y sencillez, unidos al levantarse, sentarse o arrodillarse, para manifestar unidad. Y en caso de que alguna persona perturbe la celebración, es conveniente que alguien de la asamblea le llame la atención con educación, pero con firmeza.

Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta el final de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante el Credo y la oración de los fieles; y también desde la invitación "Orad hermanos" hasta el final de la misa, excepto en los momentos que luego se enumeran.

En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial, que preceden al Evangelio; durante la homilía y mientras se preparan los dones del ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del silencio después de la comunión. Estarán de rodillas durante la consagración (OGMR 43).

Algo que debe guardarse con especial interés es el silencio sagrado para poder orar mejor. Es laudable que se guarde el silencio sagrado antes de la misma celebración, silencio en la iglesia, en la sacristía y en los lugares más próximos a fin de que todos puedan disponerse adecuada y devotamente a las acciones sagradas (OGMR 45).

A lo largo de la misa se recomiendan momentos de silencio en el acto penitencial, después de la primera y segunda lecturas, y una vez concluida la homilía, al igual que después de la comunión.