Comunión del Sacerdote y el Pueblo

El sacerdote se prepara con una oración en secreto para recibir con fruto el cuerpo y la sangre de Cristo. Los fieles hacen lo mismo, orando en silencio (OGMR 84).

A continuación, el sacerdote presenta la hostia partida sobre la patena o sobre el cáliz, diciendo: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor (u otras parecidas palabras).

Al decir Cordero de Dios, está refiriéndose a Jesús como Cordero pascual. Y nosotros celebramos la gran fiesta de la Pascua, es decir, de su resurrección, comiendo el Cordero pascual, que es Cristo.

El pueblo responde con las palabras del centurión (Mt 8,8): Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

A continuación, comulga el sacerdote. Mientras comulga, comienza el canto de comunión. El canto se prolonga mientras el sacerdote administra la comunión a los fieles, diciendo:

El cuerpo de Cristo.

Al decir El cuerpo de Cristo, está recalcando que Jesús, no sólo está como Dios en unión con el Padre y el Espíritu Santo en la hostia consagrada, sino que está también como hombre, con su cuerpo humano. Y todos responden: AMÉN.
Todos deben responder con voz clara el Amén antes de recibir la hostia para reafirmar su fe en la presencia viva y real de Jesús en la Eucaristía. Pero todos deben tener en cuenta lo que dice san Pablo: El que come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor.

Examínese pues, el hombre a sí mismo y, entonces, coma del pan y beba del cáliz pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Co 11, 27-29). Pero si lo recibe dignamente, será para él el mejor alimento espiritual y la mayor fuente de bendiciones en su vida.

Ya hemos, dicho anteriormente, que la comunión es el momento más importante y sublime de cada día, porque es el momento de mayor unión con Dios por medio de la humanidad de Jesús. Por Jesús llegamos al Padre en unión con el Espíritu Santo. María siempre nos acompaña con nuestro ángel, cuando vamos a comulgar. Y sería muy conveniente invitar expresamente a todos los ángeles y santos para que nos ayuden a recibir y agradecer dignamente a Jesús sacramentado.

Suele decirse que las especies sacramentales permanecen en nosotros durante unos diez o quince minutos. Es decir, que nuestra unión sacramental con Jesús dura unos diez o quince minutos. Por ello, durante este tiempo, no debemos distraernos ni salir del templo.

Debemos estar en oración con Jesús en nuestro corazón.

Si alguna persona no puede comulgar por algún motivo especial, por no tener regularizado su matrimonio o por estar en pecado grave, puede arrepentirse y comulgar espiritualmente. La comunión espiritual es una buena práctica que podemos renovar muchas veces al día. Consiste en desear ardientemente recibir sacramentalmente a Jesús; pero, al no poder hacerlo, le manifestamos nuestro deseo lleno de amor, porque queremos unirnos a Él y ser Uno con Él.

Decía santa Teresa de Jesús: Cuando no podáis comulgar ni oír misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho. El mismo concilio de Trento afirmaba: Aquellos que comen en deseo aquel celeste pan eucarístico, experimentan su fruto y provecho por la fe viva que obra por la caridad (Denz 881).

De todos modos, quienes pueden comulgar deberían hacerlo todos los días a ser posible.

La Iglesia recomienda comulgar siempre que se asista a la misa, pero especialmente los domingos, cuando hay obligación de asistir.

Venir a misa y no comulgar es como ir a un banquete y no comer. Y eso será un pecado de omisión del que Dios nos pedirá cuentas.

Desde el concilio IV de Letrán (1215) es obligación grave comulgar, al menos, una vez al año (canon 920). Además, el que ha recibido la comunión, puede recibirla de nuevo el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística que participe (canon 917). Se puede, pues, comulgar dos veces al día, normalmente en la mañana y otra en la tarde.

Para comulgar, es preciso abstenerse de tomar alimento y bebida (excepto agua y medicina) al menos una hora antes de comulgar (canon 919). Y, si alguno es consciente de estar en pecado grave, no debe comulgar sin antes confesarse sacramentalmente.

La comunión es algo tan sublime que hay que darle la máxima importancia. No puede recibirse por costumbre o por un compromiso social. Hay que prepararse lo mejor posible y, después dar gracias durante un tiempo prudencial. Decía santa Magdalena de Pazzi:

Los minutos que siguen a la comunión son los más preciosos de nuestra vida. Son los minutos más propicios de nuestra parte para tratar con Dios y, de su parte, para comunicarnos su amor.

La comunión es el mejor alimento espiritual y el mejor medio de santificación. Pero no olvidemos que la misa y la comunión están íntimamente unidas. Se puede comulgar fuera de la misa, pero como algo excepcional.

También es importante que, durante el día, podamos hacer algunas visitas a Jesús Eucaristía. Y, si no podemos, por estar enfermos o por vivir en lugares distantes, al menos, hagamos visitas y comuniones espirituales frecuentes a Jesús sacramentado.

Como aquellos cristianos de las islas de Kiribati, que se reunían los domingos a orar en la playa y el catequista les decía: Ahora vamos a adorar a Jesús, que está en las iglesias de Tahití a 5.000 Kms de distancia.

Ciertamente para Jesús no hay distancia. El amor es la distancia más corta entre dos personas y, sobre todo, entre Jesús y nosotros. Por eso, la comunión es el medio más sublime que Dios nos ha dado para unirnos a Él.

Comulgar debe ser una verdadera fiesta para nosotros. Comulgar con Jesús es una fiesta que ni los ángeles pueden tener, porque no pueden comulgar. Hagamos de cada misa una fiesta, viviéndola intensamente y recibiendo a Jesús en la comunión.