Como decimos nosotros, “se fue la luz”. Yo estaba en un lugar cerrado, sin ventanas al exterior. Me quedé quieto y miré alrededor. La oscuridad era total. Pensé que cuando mis pupilas se adaptaran, vería algo. Pero no. Nada. Ni un solo hilillo de luz que me señalara en qué dirección podía moverme. Nada.
¿Se imagina usted la existencia de alguna persona cuya vida transcurriera en una oscuridad total como aquella...? “Bueno “, me dirá usted, “eso es lo que les pasa a los ciegos de nacimiento”.
No, no me refiero a eso. Un ciego de nacimiento no ve las cosas, pero puede llegar a ver la vida, a encontrar una dirección, un propósito, y entender qué sentido tiene su vida.
Me refiero a un tipo de ciego mucho peor. Es la persona que sólo ve cosas.
Que su fin son cosas. Es decir, que su fin... tiene fin.
Creo que a este tipo de personas se refería Henry David Thoreau al decir:
“LA MAYORÍA DE LOS HOMBRES VIVE VIDAS DE TRANQUILA DESESPERACIÓN”. Está claro. Esto es lo más que puede lograr una persona que no haya encontrado para su vida, un fin que no tenga fin.
La solución (no una solución, sino la solución) al reto de encontrarle sentido a su vida, está en el Evangelio de este domingo.
A propósito, la palabra “evangelio” viene de dos palabras griegas que quieren decir “bueno” (eu), y anuncio (aggello), de modo que, traducido a nuestro idioma actual, “evangelio” quiere decir “buen anuncio”, o mejor: buena noticia Y cada vez que usted y yo oigamos o leamos un evangelio, eso es lo que debemos recibir: ¡Una buena noticia! El evangelio de hoy trae esta buena noticia: Jesucristo es Dios, y si usted “lo recibe”, se convierte en un hijo de Dios.
Y los hijos de Dios tienen un fin que no tiene fin. Son herederos de un Padre cuya casa “tiene muchas habitaciones”, una de las cuales es para un hijo de Él: usted.
Los hijos de Dios son herederos de la vida de su Padre: una vida “sin término”. Y puede que en ocasiones tengan problemas, y se sientan tristes, pero ellos tienen la seguridad de que “su pena acabará en alegría”. (Juan 16, 21).
Porque ha venido al mundo alguien que ya existe desde “el principio”, y que tiene “autoridad para dar Vida Eterna”. (Juan 10, 10)
El deseo de “Dos Minutos” es que usted y yo vayamos creciendo en la inteligencia de escuchar la palabra, y entrar en un diálogo de Padre a hijo, de hijo a Padre.
Y de ese modo, llenos de ánimo, tratemos de lograr “cosas”, pero sólo como fines intermedios, ya que como hijos de Dios hemos descubierto un significado para nuestras vidas y un fin que no tiene fin.
La pregunta de hoy
¿Cómo se recibe a Jesucristo? Él, el infinito, toca mi puerta por amor. Recibirlo es acogerlo. Acoger es no decir no.
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